¿Eres Papá de tu Hijo o sólo su Amigo?

Posted on agosto 25, 2008. Filed under: Familia | Etiquetas: , , , , , |

Hay muchas razones palpables para que, como padres, nos sintamos orgullosos de los resultados y desempeño que nuestra generación ha obtenido. Atrás han quedado los tiempos del padre emocional y físicamente distante. El que ni por equivocación se presentaba a los eventos escolares. El mismo que consideraba todo lo relacionado a la crianza de los hijos “asunto de mujeres” y la comunicación padre-hijo la reducía a un monólogo vertical de advertencias, ordenes y moralejas.               Ahora tenemos, en términos generales, a padres mucho más concientes, sensibles y participativos en la educación de sus hijos. Papás que procuran informarse, que toman “escuela para padres”, leen libros (y/o secciones del periódico como esta), y, en pocas palabras, están constantemente haciendo un genuino esfuerzo por hacer lo mejor posible su función parental. Papás que hacen y disfrutan cosas con sus hijos que, cuando pequeños, ni se atrevieron a imaginar compartir con sus padres.
               Sin embargo (y aquí viene el inevitable “pero”), esta tendencia positiva ha tenido sus excesos y distorsiones. Y al suceder esto, hay lecciones que no estamos enseñando a nuestros hijos y habilidades que no están adquiriendo.

               Aquí es donde aparece un tipo de padre del que todos ocupamos cuidar no convertirnos. Es el padre que cree que su función parental principal es ser el “mejor amigo” de su hijo. Desea desesperadamente ser su “cuate”, su “compa”, su “camarada”. “¿Y qué tiene de malo eso?” me podrás preguntar, “si algo faltó en mi relación con mi propio padre fue precisamente eso, más cercanía, más comunicación, más intimidad, convivencia y confianza. Y, por lo mismo, no pretendo cometer el mismo error con mi hijo.” La anterior lógica, que parte de una insatisfacción personal del ahora padre, lleva demasiado seguido a lamentables consecuencias.
El principal error en la pretensión del padre contemporáneo de ser amigo de su hijo reside en que el código de valores de la amistad es distinto al código de valores parental. Es decir, lo que importa en la amistad, lo que le da la cualidad amistosa a una relación, difiere sustancialmente de los objetivos y funciones formativos. La amistad se sustenta en identificación mutua, compañerismo, similitud en gustos y preferencias, apoyo, confiabilidad, incluso cierta “complicidad” en travesuras y aventuras. Implica una igualdad de madurez, experiencia, y deseos. La paternidad no necesariamente es ajena a estas características. Sin embargo y por definición, en la relación padre-hijo existe siempre una desigualdad completa. De poder y autoridad, experiencia y conocimiento, responsabilidad, y, sobre todo lo demás, se supone que la diferencia más marcada es en sabiduría.

               Es por ello que a los padres, les guste o no, les corresponde ir adelante, guiar, tener el voto de calidad en las decisiones familiares y, lo más importante, tienen la obligación de tener visión. Con esto me refiero a que el padre ha de ir dos, cinco, diez, cien pasos adelante del hijo. Anticiparse a lo que sucederá mañana y no sólo pensar en el momento. Pues el niño es, naturalmente, egocéntrico y buscará la gratificación inmediata. ¿Y puedes realmente culpar a un niño por serlo, por comportarse de acuerdo a su edad, por no ver más allá de sus narices? ¡Por supuesto que no! Aquí es donde a nosotros como padres nos toca intervenir. Hacer nuestra labor de educación, de estimulación y de corrección. Sin embargo, es aquí donde patinan los “papás/camaradas/buena onda/permisivos. Quieren que sus hijos siempre estén contentos, entretenidos, cómodos. ¿Será realista esta pretensión? ‘¿Se podrá aprender, madurar, superarse, lograr metas significativas e importantes sin sacrificio, esfuerzo, cansancio y malos ratos? A pesar de saber la respuesta, los papás/compas/cuates/negligentes no quieren y evitan a toda costa el arriesgar la desaprobación y rechazo de sus hijos. ¿Cómo? No aplicando consecuencias a los comportamientos inadecuados que sus hijos presentan. Y cuando no existen consecuencias desagradables al comportamiento, no existe razón para cambiar. Así de sencillo.
El papá/cuate, como lo hemos definido hoy, es un padre que, en pocas palabras, no hace su trabajo como padre. Espera que su hijo se eduque sólo, cosa que difícilmente sucederá. ¿El resultado? Es cosa que observes tantito a tu alrededor y no sabrás si reír o llorar por el estado de cosas.

               Afortunadamente, tu no tienes que ser así. Si te sentiste aludido por este artículo, me da mucho gusto porque eso quiere decir que tienes remedio, pues no te encuentras (aún) en la total negación. Tu familia será lo que tu hagas de ella. Y para hacer de ella lo que tu quieres, ocupas, ante todo, ser primero el padre de tus hijos y, si te las ingenias, ser además su amigo. No se te olvide que amigos puede tener muchos, pero padre sólo uno.
 

 

 

Psic. David Sotelo
Psicólogo Clínico

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